Gestos que emocionan

    Mucha gente es como yo. Todos somos iguales. Somos seres humanas, programados para sentir, reaccionar, cuidar y necesitar ser cuidados y amados. Esta teoría se sostiene hasta cierto punto, ese punto en el que expresas lo que sientes y los demás reaccionan asombrados por tu comentario. Ese es el punto en el que te das cuenta de que tú no eres como todos, y de que todos no somos iguales.

    ¿Te has emocionado al10610742_868686859809334_3867803898709605705_nguna vez al ver en la cara de un desconocido su reacción ante una sonrisa tuya? ¿Acaso te has emocionado al ver a un padre sujetando a su hijo y abrazándolo conamor aún no conociendo a esa persona? ¿Has sentido esa sensación tan humana al ver a una ardilla escarbando para esconder su bellota tan cerca de ti, tan confiada?

    Paseando por Londres puedes encontrarte en todo tipo de situaciones; puedes ver muchísimas caras, todas diferentes; puedes ver comportamientos sistemáticos, novedosos, inimaginables,…

        Paseando por Londres también puedes emocionarte.

     Andábamos rodeando la Abadía de Westminster, asombradas por la belleza que proporciona el contraste de los edificios de tan diferentes épocas, y la luz reflejada en los ventanales de la Abadía que se asemejaba a las olas del mar cuando el sol dora sus hondas al atardecer. Rodeando una boca de metro la encontré. Inmersa en la oscuridad que salía de esa esquina, de esa boca de metro protegida por una verja negra, siendo obviada, azotada por la prisa de la gente que pasaba delante de ella. Allí estaba, sonriente, estirando sus brazos al mar de gente, ofreciendo unos folletos que a nadie interesaban, tampoco a mi. Mirando a los ojos de la gente sin encontrar respuesta por parte de esas personas agitadas por la prisa encontró albergue en mi mirada. Sus ojos reflejaron la luz de la Abadía y me deslumbraron. Mis ojos no podían más que mirar los suyos, llenos de luz, calidez, paciencia. Mi cuerpo cambió su rumbo, caminé hacia ella sin dejar de sostenerle la mirada. Me sonrió. Me alcé hacia ella y uno de sus panfletos alcanzó mi mano. Su mirada no dejaba de penetrarme, me sonrió y me dio las gracias por coger el panfleto, como si la hubiera liberado de un gran peso que la azoraba. De nuevo mi camino recuperó su rumbo, pero mis ojos se nublaron emocionados sin dejar de pensar en los sentimientos que los seres humanos somos capaces de provocar en los demás. Emocionada al ver que el panfleto religioso, que en un principio no me interesaba, ahora sí lo hacía. Deseosa de revivir una situación como aquella, de sentirme viva al sentir.

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