Viaje a Irlanda (primer día): Domingo 15 de Febrero

     Me he despertado súper temprano, como siempre con miedo de quedarme dormida y perder algún tren.

     A las 6 a.m. ya estoy en la primera estación donde cogeré el tren que me llevará hasta el aeropuerto. No tengo miedo, pero estoy nerviosa, o más bien impaciente por saber qué me esperará. También estoy muy ilusionada, esta es la primera vez que me siento a esperar un tren en esta estación sabiendo que que mi destino será otro país y mi compañía este diario.

     Mi mochila pesa bastante, pero no por llevarla llena de cosas sino por estar llena de ilusiones. Me pregunto, ¿seré capaz de convivir conmigo misma estos días o acabaré cansada de tantos pensamientos internos que no pueden ser expresados verbalmente? Está claro que tendré que buscar una escapatoria para todos estos pensamientos que se mueren por ser expresados. Qué mejor manera que dejarlos plasmados aquí, en mi diario de viaje. Qué mejor manera sino.

     Son las 8, me encuentro en el avión, preparada para despegar. Ya no recordaba cuán estrechos son los aviones de Ryanair. Al menos no me han pesado la maleta en el check-in, ya que el límite de peso es 10kg y yo no sé cuánto pesa la mía. Los motores ya han empezado a hacer ese ruido que hacen cuando van a comenzar a funcionar. Este revolucionado ruido de sus aspas me agita el corazón y este bombea, bombea con fuerza pero lentamente. Con pasión, como un enamorado que toma a su amada la primera noche en que sus cuerpos se rozan y arden de pasión; así es como mi cuerpo se siente en cuanto el avión comienza a andar. Los baches que atravesamos son como golpes de realidad que me despiertan del ensoñamiento en el que me sumerjo mientras escribo. – Empieza a coger velocidad. – Los baches se hacen cada vez más acusados, agitando a todos los presentes en cabina. – Frena. Espera la señal de vuelo. Hemos entrado en pista. Acelera. Las aspas de los motores arden. Mi cuerpo se encaja en el asiento. Mi escritura se acentúa. Aprieto el bolígrafo contra el papel. Frena. Mi cuerpo vuelve a su anterior estado de relajamiento, aunque por dentro vibra algo que ansia que el avión despegue por fin, que mis sueños se cumplan, llegar al destino de mi primer viaje en solitario.

     Un día nublado y frío se ha convertido en uno soleado. Hemos dejado las nubes abajo, las hemos traspasado y ahora puedo verlas como su un valle de esponjitas y algodones fueran. Seguimos subiendo. Mis ojos se nublan. Me mareo.

     Ir al baño se convierte en una odisea. El pasillo es tan estrechos que ir al baño se convierte en todo un reto teniendo en cuenta que a ambos extremos de este están ocupados por los carros de comida. Al menos el azafato ha sido muy amable conmigo, resultando ser español (y guapo).

     Al fin llego a Dublin. Directamente después de bajar del avión me dirijo hacia el autobús que me dejará en la calle de mi albergue. Todo sobre ruedas hasta que me bajé de este. Me perdí. Estuve perdida un rato por mi orgullosa manía de no preguntar. Pregunté a una chica y me orientó un poco, aunque seguía súper desorientada. No fue hasta que un hombre mayor me encontró perdida y se me acercó. Este me indicó el camino y me señaló en el mapa donde estábamos, además me me recomendó la visita a un pueblo pesquero maravilloso y me propuso matrimonio (vamos, que si no estoy casada es porque no quiero jaja). En lo que se tarda en recorrer tres avenidas conseguí llegar a mi destino, donde me recibieron con una simpatía deslumbrante. Si algo tengo que decir de los irlandeses es que, por la experiencia que estoy teniendo, parecen muy simpáticos, amigables y cercanos, kilómetros luz de mis arrendatarios londinenses.

     Nada más llegar al albergue — y después de probar abrir erróneamente mil puertas — entré en mi habitación y dejé todas mis cosas. Salí pitando en busca del lugar de reunión donde comenzaba el FreeTour por Dublin. A mitad de camino me compré un bocata y una botella de agua (primera compra y me quedé sorprendida de los altísimos precios –5€ un bocata embasado y 2€ la botella pequeña de agua). El tour fue muy instructivo, gracias a él he aprendido que Irlanda — Dublín concretamente– es la cuna de muchos literatos famosos, entre ellos Oscar Wilde, James Joyce, YEats, etc. He aprendido muchas cosas en este tour, cosas que me gustaría dejar plasmadas. Dublín se encuentra construido sobre asentamientos Celtas y Vikingos. Posee dos catedrales importantes: St. Patrick y Adán y Eva. La segunda recibe este nombre porque en un punto de la historia dublinense se prohibió ir a la Iglesia, por lo que el bar más próximo a esta, llamado Adán y Eva, servía como vía para aquellos que querían rezar. Estos entraban al bar con la excusa de emborracharse (como buenos irlandeses), pero se encomendaban a otros propósitos. Lo que ambas iglesias tienen en común es que ambas sufrieron incendios o explosiones que hicieron que se semidestruyeran. Sin embargo, hoy día se conservan en perfectas condiciones, he de decir que gracias al alcohol (cerveza y whisky). La fábrica de cerveza Guiness destinó una altísima suma de dinero para la reconstrucción de St. Patrick, y una fábrica del whisky más popular irlandés se encargó de la reconstrucción de la otra.

     Otro punto del tour que me gustaría dejar plasmado es la existencia de una estatua en el ”castillo” de Dublín (pongo castillo entre comillas porque no parece tal a simple vista ya que las batallas que se llevaron a cabo en él destruyeron gran parte). Esta estatua es la de la justicia. Lo que esta tiene de especial es que refleja la historia de la época en la que fue construida. Es la estatua de la injusticia: justicia imparcial en favor del poder. Aparece sin venda, por lo que se considera una justicia imparcial; lleva una espada, por lo que es estricta con los que incumplan; su postura está girada hacia la espada (representación del poder) y su mirada hacia ella también, por lo que es una justicia que deja de lado al pueblo. Así es como se sentía el pueblo irlandés con respecto a Inglaterra, esta los oprimía pero no los protegía. Además, los platos de la balanza no estaban equilibrados, es decir, la justicia no era justa.

     Otra de las cosas que me encantó del tour fue la leyenda de Molly Malon, aldeana del pueblo de Howth, que subía a Dublin para vender pescado. Se dice que era famosa por su extrema belleza y por una canción que cantaba, canción que fue transformada y dedicada a ella. Hoy día es muy cantada por los dublineses. Aqui os dejo la letra y un link con la canción (en el vídeo aparece una foto de la estatua de Molly Malon. –Dicen que si te has enamorado de Dublin y tocas sus pechos volverás)

In Dublin’s fair city, where the girls are so pretty
I first set my eyes on sweet Molly Malone
As she wheeled her wheel-barrow
Through streets broad and narrow
Crying cockles and mussels, alive, alive-O!
Alive, alive-O! alive, alive-O!
Crying cockles and mussels, alive, alive-O!IMG_20150215_162750
She was a fish-monger, but sure ‘twas no wonder
For so were her father and mother before
And they each wheeled their barrow
Through streets broad and narrow
Crying cockles and mussels, alive, alive-O!
Alive, alive-O! alive, alive-O!
Crying cockles and mussels, alive, alive-O!

She died of a fever, and no one could save her
And that was the end of sweet Molly Malone
But her ghost wheels her barrow
Through streets broad and narrow
Crying cockles and mussels, alive, alive-O!
Alive, alive-O! alive, alive-O!
Crying cockles and mussels, alive, alive-O!

    El día casi está terminando, estoy agotada, por lo que me dirijo al lounge para disfrutar del Wifi gratis y la tranquilidad. Mi habitación es más pequeña de lo que imaginaba, pero eso está bien porque así aloja a un menor número de personas. Somos 8 chicas en ella. Creo que me ha tocado la peor cama; elegí otra menos encajonada pero cuando llegué alguien la había cogido también, por lo que he tenido de cambiar. De todas formas, en cuanto alguien se vaya cambiaré las cosas de sitio.

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