Bosque de Pishwanton. Edimburgo. Escocia

     10-Junio-2015 a 24-Junio-2015

     Ahora que ya casi hemos alcanzado el segundo mes de 2016 me vienen a la mente vivencias del verano.

     Mi etapa en Londres terminó y esto me llevó de vuelta a casa. Debido a la ansiedad que me producía permanecer inactiva durante tantos meses, aburrida en una ciudad que en verano se convierte en fuego e inmersa en un ambiente repleto de disputas y malestares decidí no quedarme en Córdoba durante el verano sino buscar algo más. Busqué desesperadamente y encontré un voluntariado en Escocia. Me ofrecí para trabajar durante tres meses en un proyecto medioambiental que a primera vista parecía impresionante.

     Mi llegada no fue muy agradable ya que nada más llegar me di cuenta de cuán aislada estaba la aldea. Empecemos por el principio: llegué al aeropuerto de Edimburgo con la mochila llena de ilusiones y comencé a preguntar cómo hacer para llegar a la estación de autobuses. Una vez conseguí llegar, lo cual se convirtió en una odisea ya que google maps me mandaba hacia un lado y la gente me decía que la estación estaba hacia otro sumándole lo cargada que iba y las ganas que tenía de llegar, tuve que esperar poco hasta que mi autobús dirección Haddington salió. Una vez allí cogí otro autobús hacia Gifford, donde una entrañable señora estaría esperándome. Claro, esperándome, pero ¿dónde?. Cuando llegué a aquella aldea, compuesta de una calle con casas a los lados, un supermercado que a su vez era una oficina de correos, y un hotel, se me vino todo abajo. Allí no había ni rastro de la mujer, es más, no había rastro de ningún ser viviente que no fueran cuervos. Al final, una hora después, conseguí encontrar a la anciana que me estaba esperando en el bar del hotel — si me hubiera dicho el punto de recogida no habría pasado tan mala experiencia pensando que me quedaba abandonada en medio de la nada y, lo peor de todo, sin cobertura alguna. En fin, la señora me recogió y me montó en un todoterreno lleno llenito de pelos de perro y con un intenso olor a perro mojado. Llegamos a la casa donde viviría (la cual se encontraba a dos horas andando del pueblo más cercano) y me alojé en mis aposentos (una habitación enorme llena de moqueta por todos lados y, evidentemente, sin persianas). Tuve que hacer de tripas corazón y acostumbrarme a aquella suciedad incrustada de manera permanente en todos los rincones de aquel lugar.

     Conocí a otra voluntaria, Angie, y a su pequeño, Jason. Hice muy buena amistad con los dos y la convivencia con ellos resultó ser maravillosa. Al día siguiente Angie me enseñó cuales debían ser mis labores una vez ella se fuera. Todo me parecía perfecto, ¡imagina! cogiendo flores en los días marcados por el calendario como días para ello, quitando malas hiervas del jardín de especias, alimentando a los caballos, revisando que estuvieran todas las ovejitas y que no estuvieran mal, los gatos,…Además súmale la compañía masculina de un prototipo tejano con acento Escocés, macho machito, todo el día haciéndose notar, pavoneándose y soltándote piropos. Muchas veces abrumaba, pero nos gustaba que estuviera encima pavoneándose así podíamos reírnos de él con él, sin maldad. El único inconveniente que encontré a las labores que debía realizar era lo que me llevó a irme dos semanas después de haber llegado en vez de permanecer los tres meses: tenía que cuidar del B&B (hostal: lavar sábanas, planchar, hacer desayuno a los huéspedes, etc.) y llevar a cabo un par de talleres con varías personas discapacitadas (cuando yo no estoy cualificada para ello, ni es una tarea que me motive).

     Los días soleados eran geniales, lo malo venía cuando tenías que hacer todo esto bajo la lluvia. Imagina coger flores de los árboles mientras cae la más grande, o imagina recorriendo bajo la lluvia los límites del bosque controlando que el vallado no estuviera roto. No es que fuese desapacible, pero sí algo incómodo aunque yo estaba como pez en el agua. Total, minucias, todo era perfecto a excepción de otra cosa: la señora de cuyo nombre ya no me acuerdo. Era tan exquisita y tan exigente que convertía todo lo agradable y apacible en desagradable e incómodo. Todo estaba mal hecho, siempre había alguna pega, había que seguir sus pautas a pie juntillas, …desesperante.

      No voy a resumir mis dos semanas de estancia aquí porque tendría que escribir un post muy largo y aún quedan muchas aventuras de las que hablar, pero sí que voy a dejar un resumen fotográfico. En definitiva, puedo decir que me ayudó para conocer otro tipo de forma de vida, un rincón precioso de Escocia, practicar inglés y pasar muy buenos momentos con el pequeñajo y Angie. Además hicimos rutas envueltas en un escenario de película, hicimos autostop y nos llevaron en la parte de atrás de una pickup, pasamos una divertidísima noche en Edimburgo y descubrí a qué se refieren cuando dicen que en Escocia no anoche en verano.

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